Era un depredador protegido por dinero.
Cerré el expediente lentamente.
—¿Sabe que la tenemos aquí? —pregunté.
—Aún no —respondió Salgado—. Pero eso no va a durar.
Asentí.
—Perfecto.
—¿Cuál es el siguiente paso?
Lo miré.
Y por primera vez en muchos años… sonreí sin calidez alguna.
—Ahora… lo vamos a dejar venir.
Salgado frunció el ceño.
—¿Está segura?
—Sí.
Me levanté.
—Quiero cámaras en toda la casa. Seguridad reforzada. Y prepara un equipo legal completo.
—¿Va a denunciarlo?
Negué con la cabeza lentamente.
—No.
Hice una pausa.
—Voy a destruirlo.
Esa noche…
Valeria despertó.
Entré en su habitación cuando la enfermera me avisó.
Estaba sentada en la cama, pálida, con los ojos llenos de miedo… pero esta vez, también había algo más.
Duda.
Esperanza.
Me acerqué despacio.
—Tu hija está estable —le dije—. Se va a recuperar.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Gracias…
Se hizo un silencio.
Luego susurró:
—Él va a venir.
Asentí.
—Lo sé.
Valeria negó con la cabeza, desesperada.
—No entiende… él no se detiene… nunca…
Me incliné un poco hacia ella.
—Escúchame bien.
Esperé a que me mirara directamente.
—Ese hombre pasó treinta años creyendo que el poder era suyo.
Hice una pausa.
—Pero cometió un error.
—¿Cuál?
La miré con una calma que ya no era humana.
—Se metió con mi familia.
Valeria se quedó en silencio.
Y por primera vez…
no vi miedo en sus ojos.
Vi algo diferente.
Algo que empezaba a nacer.
Seguridad.
Porque por primera vez en mucho tiempo…
ya no estaba sola.
Y en algún lugar de la ciudad…
sin saberlo todavía…
Arturo Vela estaba a punto de cometer el peor error de su vida.