Los años le habían afinado el rostro.
La enfermedad le había apagado un poco el brillo.
Pero seguía teniendo esos ojos que un día fueron capaces de mirar a Nicolás como si detrás de todo el apellido todavía existiera un hombre.
Él dio un paso.
No supo qué decir.
Verónica sí.
—Llegaste —murmuró.
No había reproche en su tono.
Y eso le dolió más que cualquier grito.
—Perdóname —dijo él, y la voz se le rompió con una brutalidad que ni él conocía—. Perdóname, Vero. Fui yo. Yo le di la dirección. Yo pensé… Dios… yo pensé que estabas huyendo con los archivos. No sabía… no sabía…
Verónica cerró los ojos apenas un segundo.
Como quien llevaba años esperando escuchar esa confesión y no sabía si le iba a aliviar o a destruir lo que quedaba.
—Ya lo sé —respondió—. Tardé años en entenderlo. Marcelo quería que yo creyera que tú me entregaste. Y quería que tú creyeras que yo te vendí. Era la forma más limpia de rompernos y dejarte solo. Un hombre solo obedece más fácil.
Afuera, se escucharon motores.
No tenían tiempo.
Verónica sacó del bolsillo un sobre.
—Aquí está el original del fideicomiso y la declaración que Lucía alcanzó a firmar ante un notario antes de morir. Si esto sale, Marcelo cae. Pero no se va a ir sin intentar llevarse a Alma.
—No se la va a llevar —dijo Nicolás.
Ella lo miró fijo.
—No digas lo que sientes, Nico. Di lo que estás dispuesto a perder.
Él entendió.
Toda la vida había protegido el apellido Ferrer.
La empresa.
La estructura.
La apariencia.
Ahora tenía que escoger.
Y escogió.
Sacó el teléfono, activó la transmisión en vivo que la corporación usaba para inversionistas y medios, y envió de golpe todos los archivos a tres periodistas, dos fiscalías y la junta directiva internacional del grupo. Luego marcó a Marcelo.
—Se acabó —dijo cuando escuchó su voz.
Del otro lado hubo un silencio helado.
—No sabes lo que estás haciendo.
—Por primera vez sí.
—Vas a destruir tu nombre.
Nicolás miró a Alma abrazada a Verónica. Miró la sangre en el abrigo de la mujer que había amado. Miró la pequeña luna de plata colgando del cuello de su hija.
—Entonces que se destruya —respondió.
Marcelo soltó una risa seca.
—Tu padre estaría avergonzado.
Nicolás endureció la mandíbula.
—Mi hermana murió por culpa de ustedes. Verónica vivió enterrada por culpa de ustedes. Y yo les ayudé. Esa vergüenza ya la traigo puesta. Pero hoy se termina.
Colgó.
Los hombres entraron por la fuerza a la capilla un minuto después.
No fue una pelea limpia.
Ni elegante.
Ni heroica.
Fue sucia.
Rápida.
Desesperada.
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