—No… no puede ser…
El hombre dio otro paso hacia la luz.
Era él.
El mismo rostro. Las mismas arrugas marcadas. Los mismos ojos oscuros que la habían mirado por última vez… en un ataúd.
—Te dije… que nunca abrieras lo que no entiendes —murmuró.
El corazón de Isabella golpeaba con tanta fuerza que parecía romperle el pecho.
—Tú… tú estás muerto…
El hombre esbozó una sonrisa apenas visible.
—Eso es lo que te hicieron creer.
Un silencio pesado llenó la habitación.
Isabella apretó la fotografía con fuerza.
—Entonces… ¿quién eres?
El hombre no respondió de inmediato. Caminó lentamente hasta quedar frente a ella. Su sombra cubrió el rostro de la joven.
—La pregunta correcta no es quién soy yo… —dijo en voz baja— …sino quién eres tú.
Las palabras le helaron la sangre.
Isabella negó con la cabeza, retrocediendo.
—No… basta… no juegues conmigo…
—Lee la última carta.
Su voz ya no sonaba amenazante… sino firme. Definitiva.
Con manos temblorosas, Isabella tomó el sobre más antiguo. El papel crujió al abrirlo.
“Si estás leyendo esto, significa que todo salió mal.”
Sus ojos recorrían las líneas con desesperación.
“El hombre al que llamas padre… nunca lo fue.”
Isabella sintió que el mundo se inclinaba.
“Te encontramos después del incendio en Veracruz. No tenías nombre. No tenías pasado.”
El aire desapareció.
—¿Incendio…?
“Él quería dejarte morir… porque sabía lo que eres.”
Las manos de Isabella comenzaron a temblar violentamente.
—¿Qué… soy…?
Detrás de ella, el hombre respondió:
—La única que sobrevivió.
Un recuerdo explotó en su mente.
Fuego.
Gritos.
Una casa ardiendo.
Y unos ojos… observándola entre las llamas.
Isabella dejó caer la carta.
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