Isabella se quedó inmóvil frente al viejo armario de madera de su madre. El funeral había terminado esa misma mañana; los familiares ya se habían marchado, dejando atrás un silencio pesado y el olor de las flores marchitas. No pensaba abrir ese armario… hasta que vio la pequeña llave colgando del collar desgastado de su madre.
Una inquietud le recorrió el cuerpo.
Con manos temblorosas, tomó la llave y abrió el cajón inferior. Dentro no había joyas ni recuerdos comunes, solo una caja metálica, oxidada por el tiempo. Dudó unos segundos antes de forzar la tapa.
Dentro había fotografías antiguas… y cartas.
Tomó la primera foto.
Era ella… de niña.
Pero el hombre que la sostenía en brazos no era su padre.
El corazón de Isabella comenzó a latir con fuerza.
—¿Qué… es esto…?
Abrió una de las cartas. La tinta estaba descolorida, pero aún se podía leer:
“Perdóname por esconderte la verdad… pero él nunca debe saberlo. Si algún día encuentras esto, Isabella, tienes que ir a Veracruz… allí empezó todo.”
Un escalofrío le recorrió la espalda.
En ese momento, la puerta de la casa crujió lentamente.
Isabella se congeló.
—¿Quién está ahí…?
Silencio.
Pasos.
Lentos… pesados… acercándose.
Y entonces, una voz que conocía demasiado bien susurró desde la oscuridad:
—No deberías haber abierto eso.
Isabella giró bruscamente hacia la puerta… pero lo que vio hizo que la carta cayera de sus manos.
Porque la persona que estaba allí…
…se suponía que llevaba muerto diez años.
Isabella retrocedió un paso, el aire se le atoró en la garganta.
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