—Y lo hará —respondió Méndez—. Pero primero quiero todo el expediente de custodia de la menor, las entrevistas psicológicas y cualquier registro de las visitas de la tía Clara. Todo. En mi oficina. En diez minutos.
La mujer palideció y se marchó sin protestar.
Ramira siguió abrazando a su hija como si alguien fuera a arrebatársela de nuevo.
Méndez se inclinó ligeramente hacia adelante, lo justo para quedar a la altura de los ojos de Salomé.
—¿Reconocerías a ese hombre si vieras una foto?
La chica asintió sin dudar.
—Sí.
—Bien.
Miró a Ramira.
Durante cinco años, cada vez que lo veía cruzar la sala, sentía la misma mezcla de odio y resignación. Él era el rostro del fin. El hombre que firmaba horarios, protocolos y acuerdos de silencio. Pero ahora, en aquella estrecha habitación con olor a hierro y desinfectante, Méndez no parecía un verdugo. Parecía un anciano cansado que acababa de darse cuenta de que tal vez había estado llevando a una mujer inocente a la muerte.
—Señora Fuentes —dijo finalmente—. Necesito que me diga exactamente lo mismo que me dijo en su primera declaración, sin omitir nada, aunque crea que ya no importa. Ramira lo miró como quien ve abrirse una puerta tras años de darse de cabezazos contra la pared.
—¿Me vas a escuchar ahora?
Le tomó un segundo responder.
—Sí.
Y por primera vez, pareció dolerle decirlo.
Las horas siguientes cambiaron el destino de todos.
Méndez reabrió el caso desde dentro, usando la autoridad que aún conservaba y la presión de una suspensión de última hora del proceso. Ordenó que se presentara el expediente completo: no solo el resumen judicial, sino todo: declaraciones originales, informes periciales, entrevistas, nombres descartados, informes psicológicos y grabaciones de la escena.
Encontró lo que nadie quería ver.
El arma tenía las huellas dactilares de Ramira, sí, pero también restos parciales de otra persona que nunca se identificó correctamente debido a la “mala calidad de la recolección de pruebas”. El famoso testigo que afirmó haberla visto salir de la casa esa noche se contradijo en dos ocasiones. Además, el informe del psicólogo que entrevistó a Salomé incluía una frase inquietante, anotada al margen y luego ignorada: «La menor insiste en que era un hombre con un reloj llamativo, pero su relato parece estar influenciado por el estrés postraumático».
Contaminado.
Esa palabra bastó para sepultar la única voz íntegra del caso.
A las cuatro de la tarde, llevaron a Salomé a una sala de identificación fotográfica simplificada. Entre varias imágenes de hombres de traje, algunos conocidos por su padre, otros añadidos como control, la niña señaló inmediatamente una.
No dudó.
No titubeó.
Ni siquiera necesitó tocar la foto.
—Ese.
Era Héctor Becerra.
Abogado.
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