Asesor financiero.
Amigo íntimo de Esteban.
Y, según una nota perdida entre los apéndices contables, un hombre implicado en una serie de documentos que Esteban se negó a firmar meses antes de morir.
Cuando Méndez vio la foto señalada, sintió un escalofrío. Recordaba ese apellido de otro lugar. No del juicio. De una llamada privada que había recibido una semana antes, cuando la sentencia aún podía ejecutarse discretamente. Una voz le dijo que el caso Fuentes debía cerrarse así, por el bien de todos. Por el bien de todos, y porque insistir demasiado en el pasado solo empañaba las instituciones respetables.
No mencionaron nombres.
No era necesario.
Ahora sí que era necesario.
Llamó directamente a la fiscalía.
No a cualquier fiscalía.
A la unidad de revisión de condenas injustas.
Gritó.
Exigió.
Utilizó treinta años de servicio como si finalmente tuvieran algún propósito útil.
Esa misma noche llegó una fiscal especial con dos agentes y una expresión escéptica que se transformó en otra al escuchar a Salomé repetir la historia del reloj, la puerta trasera y el «No iba a firmar».
Ramira no regresó a su celda.
Fue trasladada a una celda de seguridad mientras se emitía la suspensión formal de su ejecución y se solicitaba una revisión urgente de la sentencia.
Todavía no la han liberado.
No fue un milagro absoluto.
Fue peor y mejor a la vez:
la lenta maquinaria de la verdad comenzaba a moverse después de años de empujar hacia el otro lado.
Eso Esa noche, sentada en una habitación blanca con una manta sobre los hombros, Ramira observó a Salomé dormir en un sofá improvisado y sintió algo que ya no recordaba bien.
Esperanza.
Doloría casi tanto como el miedo.
Clara fue arrestada dos días después.
No por homicidio.
Todavía no.
Por obstrucción a la justicia.
Manipulación del testimonio de una menor.
Ocultación de información clave.
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